domingo, 8 de junio de 2008

La Abuela Pancha y el fin del mundo

Todos preferimos pensar que la abuelita Pancha está en un mejor lugar. El año pasado se nos adelantó, y sospecho que donde sea que ande, no debe extrañar mucho estos lugares terrenales de derroche y despilfarro inconsciente y tumultuoso.

En verdad creí que nunca llegaría el momento en que entendería su afán de ahorrar; en el que no escatimaba y se gastaba la vida. Al principio creía que lo hacía sólo por ahorrar dinero, pero lo peculiar, es que su actitud de ahorro la aplicaba prácticamente a todo, no sólo a los dineros, ¡no, no, no! sino a todo lo que se pudiera acumular para después vender, triturar para abonar las plantas, guardar para reciclar o reusar.

Como niña y luego adolescente, hasta pena me daba esa vehemencia en el reuso de casi todo.
Y aunque seguramente no podré incluir todas las acciones que mi abuela tomaba para ahorrar, listaré algunas para ejemplificar:

Guardaba los directorios telefónicos, no los regresaba cuando le entregaban nuevos. ¿Y como para qué los usaba después? Cortaba cada hoja en 4 pedazos, que posteriormente colocaba estratégicamente en el baño, donde evitaba entonces poner papel de baño (auch, cuando no hay opción resulta doloroso).

Guardaba las lajas de jabón, esas que ya no se pueden manipular con libertad al lavarse las manos. Las guardaba y acumulaba suficientes, para luego hervirlas todas juntas, y crear un jabón multicolor que dejaba cuajar y endurecer en algún lugar al sol. Después se colocaba en el lavabo del baño como cualquier otro jabón.

Echaba todo resto de café y comida en las plantas de sus pasillos, cosa que siempre resultó un poco desagradable, aunque no dudo que fuera buen fertilizante para las plantas.

El agua de la lavadora, después del enjabonado, y también después del enjuagado, la desaguaba en cubetas, mismas que usaba para lavar los patios, y regar las plantas.

Todo envase de yogurt, gelatina, crema, mermelada, aceite, conserva --fuera del material que fuera, aluminio, plástico, vidrio, cartón, papel-- era guardado y reusado al menos una vez. Los de plástico y cristal (los menos perecederos) corrían con suerte y sobrevivían por tiempos prolongados, ya que servían en múltiples ocasiones para hacer gelatinas, guardar alimentos refrigerados, o tornillos y clavos, jabón y hasta solventes comprados a granel, así pues se reusaban en múltiples ocasiones, hasta a veces perder su etiqueta y su identidad de mermelada fresa o yogurt de durazno.

También se hacían pila y pilas de periódicos y revistas, mismas que asumo se vendían por kilo, aunque no recuerdo nunca haberlo presenciado.

Las botellas de bebidas gaseosas, por supuesto siempre se conservaban, para volverlas a dar a cuenta del importe, o en todo caso, para obtener el importe en dinero.

Las bolsas de pan, las de papel y las de plástico; visitaban 3 o 4 veces su origen, porque cabe mencionar que en cada compra, cobraban la bolsa "aparte", y no tenía caso pagar los 10 centavos adicionales, sobre todo si ya tenia apilada en su casa bolsas y bolsas para cumplir ese objetivo.

El destino de los cerillos en la cocina, una vez raspados y encendidos, no era el bote de basura, era nuevamente la caja de cerillos. Estos aunque sin combustible para encender con la pura fricción, eran buen medio para pasar la flama de una hornilla a otra, sin necesidad de gastar "otro" cerillo.

No puedo evitar mencionar que los jabones líquidos, fueran de trastes o champú del pelo, eran eventualmente diluidos con agua, con el objeto de que duraran más y fueran aprovechados al máximo.

Estoy segura que estoy olvidando mencionar infinidad de acciones que mi Abuela Pancha tomaba con el fin de ahorrar, reusar, reciclar y reducir.

Con Emmanuel se ha vuelto una broma, pues dice que yo tengo mi "parte" de "Abuela Pancha", cuando decido diluir el jabón y no quiero desechar alguna caja que puede servir (algún día) para otro propósito ajeno al original.

Platicando con los hermanos, y riendo a carcajadas llegamos a la conclusión de que la abuelita creció con carencias, y desde siempre tuvo que aprender a ahorrar. Adicionalmente, los productos del petróleo resultaban caros, y con cada nuevo material de origen sintético, también venía un costo adicional al comprar un producto.

Hoy en día en cambio ni nos preguntamos, ni reusamos, ni reciclamos, vamos tras el sueño primermundista sin preguntarnos de dónde salió la envoltura, ni mucho menos a dónde ira después de dejar nuestras manos.

Me pregunto si ya nos estamos dando cuenta de que esto puede ser el fin del mundo como lo conocemos. Aunque no quiero sonar fatalista, es inevitable.

Hasta en los países más desarrollados ya se dieron cuenta de que esto no va bien. De que seguimos derrochando sin medida.

La parte en la que aquellos países nos llevan una ventaja grande, es en haber participado en guerras, mismas que los obligaron a racionar todo, desde el azúcar, el agua, los combustibles, las telas, los alimentos en general. En ese sentido, ellos tienen más fresco el recuerdo de lo que es vivir con poco, y aprovechar eso poco al máximo.

Es ahora cuando me doy cuenta de cuánto me identifico con la Abuela, me identifico cuando trato de ahorrar los pesos, pero con el matiz de la preocupación por el medio ambiente, y el futuro del planeta.

Creo que hoy soy más consiente de lo que le estamos haciendo al planeta, y estoy convencida de que la población en general también. Pero también estoy convencida que en comparación con la Abuela me quedo muy corta, y aunque el motor que la moviera fuera diferente al mío, seguro que la huella de su presencia (con respecto al impacto ambiental) en este planeta fue por mucho, menos dramática que el impacto que yo estoy dejando.

No cabe duda que aunque en de mi infancia y adolescencia, pensaba "ojalá yo nunca llegue a ser así" y tenía la firme creencia de que a la abuela algo le fallaba en la azotea, lo justo es decir que el futuro de este planeta está en tomar esa actitud de la "Abuela Pancha" en todos los ámbitos de la vida.

Hay que reducir lo que se usa, reusar lo que ya se tiene y reciclar los materiales que lo permiten, porque la verdad no hay garantía de que lo sigamos teniendo por mucho tiempo.